Esperamos como nos había dicho el Doctor, fuera de la UCI, a que terminase de revisar como tenía la operación. A los 10 minutos salió y se sentó junto a nosotros. Nos explico que se habían soltado algunos puntos de la parte delantera, pero aún así, todavía tenia fijada la lengua por los laterales, y aunque hubiese sido mejor que no ocurriese, era un factor que ya había tenido en cuenta. No obstante la operación realizada seguía cumpliendo su cometido. El continuaría revisándolo de forma regular con el fin de ver la evolución en la cicatrización de la cirugía, y si en algún momento veía que era necesario intervenir de nuevo nos lo diría, pero de momento este no era el caso.

En ese momento el Doctor hizo una pausa, y nos dijo que venia de realizar una operación en otro Hospital y que necesitaba tomar algo, así que lo acompañamos a la cafetería y tomamos con el unos refrescos. Después le acompañamos a su coche y nos despedimos de el.

Volvimos a casa más tranquilos. Tener a un médico con nosotros, el cual te tranquilizaba en aquellos momentos diciéndote que todo iba bien era algo que agradecíamos. Recuerdo que nos dijo. Cuando me veáis a mí preocupado, preocuparos vosotros, pero de momento todo va bien.

Se fueron sucediendo de nuevo los días de la semana, como últimamente lo hacían, envueltos en la rutina de ir al trabajo y salir a las 12.40 h y a las 18.30 para ver a Máximo en la UCI. Los fines de semana llegaban a no ser muy diferentes del resto de la semana ya que los dedicábamos a poco más que hacer la compra de la semana siguiente, además de descansar un poco, y ver a nuestro hijo en las 2 visitas diarias que realizábamos. Las visitas si que traían a veces sorpresas y cualquier mueca o pequeña sonrisa que nos dedicaba Máximo nos llenaba de entusiasmo y optimismo. El Sábado en el parte diario de la mañana, Una de las doctoras que más apreciábamos nos dijo que a partir de esa tarde debíamos de ir a las 18.00 h y a las 12.00 h para aprender a dar la toma a nuestro hijo por la sonda de alimentación. Esto era una noticia muy buena por que significaba que si iba todo bien, cuando aprendiésemos a realizarlo y a cambiar incluso la sonda, podrían dar el alta a Máximo, quien se iría a casa con la sonda puesta, lo que garantizaría que continuase alimentadose correctamente, hasta que una vez pasasen 4 semanas, empezase a tomar biberón para ver como lo aceptaba. Para este último punto aún quedaba algo de tiempo, ya que los médicos nos insistían en que irían revisándolo para decirnos en que fecha podíamos empezar a darle el Biberón. De momento no querían estimular al niño por succión para que no provocase ningún deterioro en la operación que le habían realizado en la lengua. No hasta que hubiese pasado el tiempo necesario para que se cicatrizase correctamente. El objetivo era que una vez tomase el biberón y lo aceptase correctamente, se le quitase la sonda de alimentación, lo cual sería un logro muy grande. Sabía que llegaría el día en que esto sucedería, y ansiaba que llegase para que mi hijo pudiese disfrutar de algo que puede parecer tan simple como comer, pero que había resultado tan complicado para el. (Es evidente que para poder comer, primero hay que respirar, ya que es una necesidad vital y que se antepone a la alimentación).

Así que Máximo ese Fin de Semana, Domingo día 19 de agosto del 2012 tenía 38 días de vida y en 38 días había salido airoso de muchas batallas que habían tenido lugar dentro de la UCI pediátrica, y más concretamente en una pequeña incubadora (aunque en su caso la habían cambiado por una más grande). En esa incubadora había una tarjeta que ponía Máximo Hernández Garijo. Yo habría añadido una línea aclaratoria en esa tarjeta: “luchador nato”

Ese domingo fui yo quien le dio la alimentación por sonda en la UCI, en las dos tomas que nos permitían asistir de las 12.00 y las 18.00 h. Durante el resto de la semana que entraba sería mi mujer quien lo hiciese ya que yo no podría asistir a las tomas, y solo vería a Máximo en las 2 visitas diarias de costumbre.

Al llegar a la primera toma de las 12.00 h, encontré a mi hijo llorando. Lloraba con mucha fuerza y como si estuviese muy enfadado. La enfermera que se disponía a enseñarme como darle la leche por la sonda me dijo que lloraba por que tenía hambre, ya que si cada 3 horas realizaban una toma; Máximo, 5 o 10 minutos antes, se ponía a llorar. Yo me pregunté enseguida para mi mismo por que razón sabiendo esto, no le adelantaban la toma un poco antes, aunque no lo dije en voz alta por que consideré que probablemente tenían sus razones para no hacerlo. La enfermera coloco una jeringa bastante ancha y grande en la boca del tubo nasogástrico y me dijo que la sujetase en alto con el fin de que al depositar la leche en la jeringa, esta fuese cayendo por la propia gravedad, y entrase poco a poco en el estomago de Máximo. Después sacó un pequeño recipiente con leche que probablemente sería algún preparado en polvo para niños, y me dijo que lo aguantase. Estaba un poco caliente al contacto con los dedos, aunque no quemaba. La enfermera me confirmó que se calentaba un poco antes de la toma para que al caer en el estomago del niño, le sentase mejor. Durante este tiempo en el que habíamos sacado la Jeringa, colocado la misma en el extremo del tubo nasogástrico, y vertido la leche en su interior,  Máximo no había dejado de llorar, es más, cada vez lo hacia con más intensidad. No era un llanto de tristeza, era mas bien un grito de enfado, en el que demandaba atención, y era verdad que tenía hambre, ya que a los pocos minutos de empezar a caer la leche y fluir por el tubo hacia su estomago, Máximo comenzó a calmarse y de repente se calló. Estaba boca abajo recibiendo la alimentación, y con la cabeza ladeada, ahora le veía sus ojos todavía un poco llorosos, pero satisfechos de que le estábamos dando lo que quería. Pensé en lo agradecido que era mi hijo el cual no podía succionar o tomar un biberón como cualquier otro bebe, y solo dándole la alimentación directamente a su estomago, debía de notar que el alimento entraba en su cuerpo, y en consecuencia se calmaba.

La jeringa se vació en menos de 10 minutos y Máximo acabó con la toma de las 12.00 h en la que había tomado 95 ml. Le cerré el extremo del tubo nasogástrico tal como me había enseñado la enfermera y traté de tapar un poco con una sabana a mi hijo, quien parecía estar muy reposado y satisfecho. El resto de la hora que me permitían estar con el durante la toma, la pasé con mi mano apoyada en sus piernas, y viendo como dormía. De vez en cuando abría los ojos, pero entonces yo le pegaba unas pequeñas y ligeras palmadas en el culete y el asentía con la cabeza volviendo a dormirse. Otras veces que veía que entreabría sus ojos, le susurraba palabras suaves y me parecía que sonreía al oír mi voz y comprobar que alguien cuidaba de el. En verdad sentía que era un niño muy agradecido y que con poco se conformaba. A las 13.00 h pudo entrar ya mi mujer y tras recibir el parte del domingo y estar el tiempo permitido en la visita, mi mujer y yo nos fuimos. Comimos algo en los alrededores del Hospital como siempre solíamos hacer y luego fuimos a casa hasta las 18.00 h, hora en la que volví a estar con Máximo, ya que ese día repetía por segunda vez al darle la toma, teniendo en cuenta que luego durante la semana no podría hacerlo.

Esa tarde al salir de la visita, una de las enfermeras nos dijo que le comprásemos algún pequeño juguete colgante para poner en la cuna de la UCI, algo colorido y con música para que Máximo se distrajese, ya que había veces que se quedaba mirando como si quisiese jugar. Yo esto ya lo había notado, ya que en las ocasiones en las que Máximo no estaba dormido, se apreciaba por su mirada y los movimientos que hacia, que lo que realmente quería era que alguien le hiciese caso y estuviese con el diciéndole cosas.

Nos despedimos de Máximo hasta el día siguiente. Otra semana más comenzaba. El lunes aguardaba implacable como lo había hecho cada semana y como también estaba claro lo haría en las siguientes. No había pausas para asimilar los acontecimientos. La vida continuaba, los días pasaban, y Máximo se convertía cada vez más en alguien muy especial para nosotros.

Texto: Arturo Hernández Santodomingo©allrightsreserved 

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